¿De qué modo las generaciones de los hombres la han ido representando, desde lo
simbólico, desde lo conceptual y desde lo retórico? Pensemos en dos ejemplos a la mano:
la paz del Cielo, la paz del Señor…
Los que descansan en paz… Y aquí me detengo. ¡Momento! Esa paz, entiendo, es mejor no tenerla,
sino recibirla cuando ya no podamos hacerla. ¿Quién quiere vivir en esa paz?
¿Quién quiere estar en el Cielo, o bajo tierra? La idea, me parece, no es descansar en paz,
sino vivir en ella.Esa paz de los paréntesis (la que nos antecede y la que nos espera al final del camino) no es
la que buscamos.
Perseguimos, por el contrario, otra paz, una paz imperfecta. Que es, en definitiva, la única clase de paz a la
que podemos apelar en tanto habitemos este mundo incompleto que nos toca.
Según la tradición mística del judaísmo, de hecho, nuestra misión aquí, en este mundo, es repararlo. Nos
han dejado a cargo, y tenemos que ocuparnos de terminarlo, de completarlo y de restituir la unidad perdida.
¿Y con qué herramientas contamos para enfrentar esta tarea de reparación? La base de este trabajo,
justamente, está en buscar la verdad, la justicia y el amor. Una trilogía que desemboca, más temprano que
tarde, en la paz. Porque a eso aspiramos: a un estado del espíritu que nos permita llegar a ser paz. Sin
amor, justicia y verdad, unidas como un todo, no hay paz posible. Son virtudes entramadas, como los hilos
de una pieza de tela. Paz en hebreo se dice shalom; en árabe, salam. Comparten un origen lingüístico y
semántico. Remiten a lo que está completo: shalem.
La paz es un estado del espíritu. Sí, pero también es una construcción concreta. Ser humano en la paz es
asumir, como punto de partida, dos dimensiones: que no debemos dar ni buscar la paz, sino que tenemos
que ser fuente de paz. Y que no hay ninguna posibilidad de que haya paz afuera si no la hay adentro.
Recuperar la paz y vivir en paz con uno mismo es uno de los logros más trascendentes de nuestra existencia.
Conseguir la paz a nuestro alrededor puede ser una tarea titánica (o imposible), pero en nuestro interior
tenemos absoluta jurisdicción y soberanía. Y la mayor parte del tiempo, la verdad sea dicha, no estamos en
paz con nosotros mismos. Por eso es clave intentar recuperarla.
Fragmento de mi libro Ser Humanos.
Gracias Sergio !!!!